XX. CONFLICTOS EN EL AULA
Pues estos días hemos estado hablando de los conflictos en el aula y de cómo resolverlos, que nunca es tarea fácil. No hay que olvidar que tratamos con adolescentes, cuya personalidad destaca por la oposición que presentan ante las figuras de autoridad, frente a las que a menudo exhiben cierto sentido de superioridad.
Dadas estas características, es natural que surjan dificultades a la hora de solucionar los problemas que puedan aparecer en clase, ya sea entre ellos mismos como grupo o con el docente.
A nivel personal, los conflictos en potencia que me preocupan especialmente son aquellos relacionados con las desavenencias entre los miembros de una misma clase. Por señalar uno concreto, que me pareció relevante cuando lo mencionamos, me iría al tema de un robo a un compañero. Creo que este conflicto —entre otros, por supuesto— es uno de los más graves en lo que a disrupción del buen ambiente en el grupo se refiere.
En mi opinión, se trata de un tema delicado que hay que tratar con sumo cuidado, porque es muy fácil que afloren las acusaciones infundadas y que se expanda la desconfianza entre los alumnos. De este modo, una vez producido este conflicto, lo esencial es no señalar culpables sin pruebas en mano. Considero que el mejor modo de abordarlo sería dedicando un tiempo —en una hora de tutoría, durante un recreo o incluso «perdiendo» una hora de clase— a hablar con el grupo, reflexionar respecto al incidente y crear una dinámica común en la que se conceda al ladrón la oportunidad de retractarse y devolver anónimamente el objeto sustraído, como podría ser dejar el aula abierta durante el descanso a mitad de la jornada para que pueda depositarlo sobre la mesa del profesor. Lo esencial en esta situación sería la charla previa a la restitución de lo robado, en la que el docente debe cerciorarse de que lo devolverán y de que el incidente no va a repetirse.
Huelga decir que este procedimiento —hacer una especie de asamblea en la que el problema se analice en profundidad— es extrapolable a la resolución de otro tipo de conflictos en el aula, porque permite a los alumnos examinarlo desde varias perspectivas: ver cómo se ha producido, cómo se sienten las partes afectadas... y, por supuesto, les permite encontrar una solución entre todos, profesor mediante.
Claro que en muchos casos esta solución no es posible, sino que se inscribe dentro del idealismo, pero por probar, que no quede. Siempre hay tiempo de recurrir a otras autoridades o chivarse a los padres, aunque lo mejor para la convivencia —y lo más conveniente para los alumnos— sea no tener que hacerlo. ¿Excepciones? Existen, por supuesto, y engloban, por ejemplo, todo lo que implique cualquier tipo de acoso; ahí no hay mediación que valga.
¡Bueno! Y con esta vigésima estrada, me despido. Escribiros ha sido un placer para mí; espero que leerme lo haya sido para vosotros también. ¡Hasta pronto! Nos veremos en las aulas, estoy segura de eso.
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