XVII. «EL INDOMABLE WILL HUNTING» Y MI ESTILO EDUCATIVO
Si soy completamente sincera, tengo que confesar que en esta entrada pretendía hablar de El club de los poetas muertos (1989), que no por nada es una de mis películas favoritas, pero teniendo en cuenta que constituye uno de los ejemplos de los apuntes... me veo obligada a optar por una alternativa. No podía salirme todo bien.
Así que en su lugar, voy a decantarme por El indomable Will Hunting (1997), dirigida por Gus Van Sant y protagonizada por Matt Damon y Robin Williams, a quien debían de gustar mucho las películas de contenido educativo, supongo. La película narra la historia de Will Hunting (Matt Damon), un chico de Boston de veintiún años de edad que tiene memoria eidética —esa que permite recordar cualquier cosa que se haya visto, oído u olido— y altas capacidades intelectuales. A pesar de ello, Will —que ha tenido una vida harto difícil— tiene un puesto de trabajo humilde como conserje en el M.I.T. —Instituto Tecnológico de Massachusetts—, reside en los suburbios de la ciudad, pertenece a la clase obrera y no empieza a «explotar» su talento hasta que un profesor de matemáticas, Gerald Lambeau, lo descubre por casualidad.
A partir de este momento, la vida de nuestro protagonista cambia de manera significativa. Sin destriparos la película —que aunque el tema spoilers haya prescrito, no quiero ser ese tipo de persona—, diré que el chico, a cambio de no ir a la cárcel por un delito de agresión, comienza a estudiar matemáticas y a ir a terapia a instancias del ya mencionado profesor. El terapeuta no es otro que Sean Maguire (Robin Williams), que también se crio en el sur de Boston y enseña psicología en Bunker Hill Community College. Poco a poco, Will empieza a abrirse y, una vez superados los mecanismos de defensa del chico, el terapeuta y él empiezan a comunicarse de verdad.
Lo interesante del largometraje es, a mi modo de ver, la importancia que tienen tanto el origen socioeconómico como la salud mental de una persona de cara a su educación. Podemos ver claramente cómo ambos aspectos influyen en la actitud de Will hacia los estudios: cómo comienza a regañadientes, reacio a aprender en lugar de trabajar, y cómo el desencanto no hace que aumentar a medida que crecen las expectativas de Lambeau para con él y su vida personal cambia. El chico no muestra deseos de prosperar, sino que parecer estar más que dispuesto a echar a perder su potencial, como le recriminan sus propios amigos.
A grandes rasgos, podemos señalar que, al final de la película, Will consigue —gracias a la ayuda de Maguire— profundizar en el conocimiento de sí mismo y de los demás, de sus miedos, sus capacidades... hasta que por fin se reconcilia consigo mismo y se decide a hacer un cambio personal. Así, se ponen de manifiesto algunos obstáculos del proceso educativo, que muchas veces tienen más que ver con las circunstancias sociales y personales del alumno que con sus capacidades, y lo esencial de la labor de los profesionales de la salud mental en este aspecto.
Pese a todo, creo que en este filme se vuelve a caer en la idea de que sólo vale la pena prestar atención a las dificultades de un chico como Will si este tiene un potencial determinado, puesto que no se daría la misma situación si el estudiante en cuestión no fuera superdotado. De esta forma, no se presenta la educación como algo que debe ser accesible para todo el mundo, sino sólo para aquellos —al menos en el caso de los alumnos problemáticos o de clases desfavorecidas— que «la merezcan». Lambeau, desde luego, no se tomaría las mismas molestias con cualquiera de los amigos de Will, sin ir más lejos; de hecho, ni siquiera les daría la misma oportunidad, para empezar.
En lo referente al establecimiento de ocho Escuelas Pedagógicas —de donde se derivarían otros tantos estilos educativos— que realiza Octavi Fullat en su libro PAIDEIA (1990), El indomable Will Hunting podría adscribirse a la Pedagogía Personalista, que aboga por centrarse en la persona, proporcionando recursos a cada individuo en función de sus necesidades y capacidades. Esto es, ni más ni menos, lo que se hace con el personaje de Will Hunting, a quien incluso se deriva a un terapeuta con el fin de mejorar su rendimiento como investigador.
Volviendo a la otra película de Robin Williams, la que mencioné al principio, la de El club de los poetas muertos... me remito a la escena —aquí el link— en la que el profesor de literatura John Keating cita a Walt Whitman para anunciar a sus alumnos «que prosigue el poderoso drama y que tú puedes contribuir con un verso». Y en respuesta a su pregunta final, quiero dejar constancia de cuál será mi verso... en materia educativa, claro. Bueno, soy consciente de que no voy a cambiar la vida de nadie, pero me gusta pensar que en algún momento se acordarán de mí. Quiero que sean personas críticas, que cuestionen el mundo que les rodea, que sean curiosos y se hagan muchas preguntas, ¿es mucho pedir? Tal vez. Lo que sí quiero es, como el propio Keating, transmitirles mi pasión por la literatura y que a través de ella aprendan a ver la vida con otros ojos; que se entreguen a lo que de verdad les gusta y que se atrevan a ser ellos mismos, porque como dijo Oscar Wilde, «los demás puestos están ocupados».
Aparentemente, todo esto me convierte —según la gráfica del cuestionario de Reddin (1997) que hicimos en clase— en una profesora de tipo Misionero y Conciliador complaciente; ahí es nada. ¿A vosotros qué os parece? La película, el verso, el cuestionario... en fin, lo que sea.
¡Os leo!
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