X. DOCUMENTOS INSTITUCIONALES DE LOS CENTROS: «IES NÚÑEZ DE ARCE»
Pongamos que hablo del IES Núñez de Arce. Porque sí, porque es de lo que va a tratar esta entrada: de mi antiguo centro de secundaria y su Proyecto Educativo —que os podéis descargar aquí—, puesto que es el tema que abordamos el pasado 11 de octubre en clase.
Antes de nada, os lo presento: el IES Núñez de Arce, por si no lo conocéis, es un centro educativo vallisoletano, relativamente famoso a nivel urbano, provincial e incluso nacional —debido a sus resultados en el Informe PISA, como se pone de manifiesto en este artículo de 2017— y de titularidad pública. Se localiza en la plaza del Poniente sin número e imparte ESO, Bachillerato y algunos Ciclos Formativos de Grado Medio y Superior.
En cuanto a sus valores, el instituto se basa —y cito textualmente— en «los principios de igualdad, solidaridad, tolerancia y pluralidad» y asegura que «se compromete, asimismo, con el modelo de enseñanza pública, y promoverá la participación en la gestión y en la vida del centro de todos los sectores implicados en esta». También cabría señalar el hecho de que, a la hora de educar, el centro presta especial atención a la libertad, el respeto, la responsabilidad de los miembros de la comunidad educativa, la participación democrática, la curiosidad científica, humanística y artística, el esfuerzo, la autodisciplina, la defensa del medio ambiente y la integración. Menciona, además, el artículo 27 de la Constitución española y el artículo 10 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que versan sobre la educación y sobre la justicia, respectivamente, y que no transcribiré por eso de no alargarme. Eso sí: dejo constancia de las fuentes, que me parecen más que pertinentes.
En esencia, se enumera un gran número de fundamentos, objetivos, prioridades... —en fin, como queráis llamarlos— que son, ante todo, encomiables. Se diría que el centro presta atención a todos los aspectos que deben ser tenidos en cuenta de cara a la enseñanza y al bienestar del alumnado, o al menos esa es la idea que transmite lo que recoge su Proyecto Educativo.
No quiero convertir la entrada en una reproducción de lo que podéis leer en el documento oficial, pero sí me gustaría dejaros a mano el objetivo final del instituto antes de proseguir; y este es: «Como objetivo final buscamos un tipo de alumno que, tomando conciencia de sí mismo como sujeto activo en el mundo, lúcido y atento a su entorno, consciente de sus propias capacidades y limitaciones impuestas por las circunstancias, pero abierto a las posibilidades de transformación de la realidad como persona libre y responsable y con sentido crítico contribuye a desarrollar en él mismo y en los demás actitudes y hábitos característicos propios de una sociedad democrática y justa.»
Y aquí planteamos la temida pregunta: ¿se corresponde todo esto con la realidad?
Es cierto que podría tirar de mi experiencia personal en el centro —que lo haré— para responder a mi propia pregunta; no obstante, prefiero empezar por aludir a las normas de convivencia y al Reglamento de Régimen Interior —podéis encontrarlo en el mismo link que facilité para el Proyecto Educativo— aprobado por el Consejo Escolar en 2012.
A grandes rasgos, no destacaría ninguna regla que se salga de lo común: todas están pensadas para garantizar una buena convivencia en el centro y se refieren a comportamientos como la falta de asistencia, la impuntualidad, la incorrección en el vestuario, las faltas de respeto, el deterioro o mal uso de los materiales del centro... El tipo de conductas susceptibles de ser sancionadas de un modo u otro, lo que explicaría la especificidad de las normas del Reglamento de Régimen Interior frente a la abstracción de los objetivos del Proyecto Educativo. Todo parece coherente en un principio, y sin embargo... sin embargo, al leerlas, el estilo de redacción hace que casi parezcan amenazas. O quizás esté proyectando, no lo sé, y es que no era raro oír hablar del «Núñez de Cárcel» por los pasillos o a la salida —recuerdo vagamente un incidente sobre un tweet polémico al respecto—, un sobrenombre, si me preguntáis, bastante explícito en sí mismo.
No guardo un mal recuerdo de mi paso por el centro —donde cursé tanto Secundaria como Bachillerato—, pero sí señalo lo estricto del comportamiento de la mayoría de docentes y del equipo directivo. La permisividad no estaba precisamente a la hora del día: la más mínima impuntualidad se penaba con una hora extra en el centro, se sancionaba que los alumnos estuvieran de pie en el aula durante los cinco minutos entre una asignatura y otra, hubo partes de incidencia por detalles como hablar con el compañero de pupitre en una hora «vacía» con un profesor de guardia que no daba clase... por poner algunos ejemplos.
Asimismo, para ser un centro que aboga por la diversidad y la heterogeneidad en las aulas, sorprende que en la ESO hubiera diferencias tan claras entre unas clases y otras: algunas estaban llenas de repetidores y estudiantes con malos resultados, mientras que otras se llenaban de alumnos calificados de modelos a seguir. También recuerdo pasotismo por parte del equipo directivo, acusaciones infundadas y castigos ejemplares que contravenían, en muchas ocasiones, la presunción de inocencia. Eso, y que se defendía que el profesor siempre tiene la razón, aun cuando no la tenga.
Esto, por centrarme en lo malo, en todo lo que choca con lo que se supone que el centro promueve, y por señalar el alto nivel de exigencia que se pedía a todo el mundo, independientemente de sus situaciones personales. Y si no llegas, suspendes o te quedas por el camino.
Si para mí nada de esto borra el cariño que aún le tengo, probablemente se deba más a mi caso particular que a otra cosa, porque aunque echando la vista para atrás considero que fue enriquecedor, que aprendí mucho de disciplina y que a nivel académico me vino muy bien, también sé que para bastantes de mis compañeros no valió la pena.
Qué cosas tiene el paso del tiempo, ¿eh? ¡Nos vemos en clase!
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