VII. EL LIBRO BLANCO DE LA PROFESIÓN DOCENTE Y SU ENTORNO ESCOLAR
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Ahora le toca el turno al Libro Blanco de la profesión docente y su entorno escolar (2015), que tuvimos que leer el pasado 4 de octubre para, acto seguido, completar una pequeña autoevaluación al respecto. Y hoy, aquí, pretendo presentaros un compendio de las reflexiones que convertí en mis respuestas.
Pero empecemos por el principio: ¿qué es el Libro Blanco de la profesión docente...? Es más, ¿qué es un «Libro Blanco»? Bien, un «Libro Blanco» es una propuesta inicial, un conjunto de informaciones seleccionadas, sintetizadas y ordenadas que inicien un debate y ayuden a quienes deben tomar decisiones sobre un tema. De este modo, hay muchos y de muchas profesiones, como pueden serlo el Libro Blanco de la agricultura y el desarrollo rural o el Libro Blanco de la pesca.
Una vez aclarado este punto, centrémonos en el de la profesión docente, etcétera. Este Libro Blanco lo encargó en 2015 Íñigo Méndez de Vigo —que por entonces ostentaba el puesto de Ministro de Educación, Cultura y Deporte de España—, y fue José Antonio Marina quien se ocupó de su elaboración, compartiendo su autoría con Carmen Pellicer y Jesús Manso.
En este volumen, se presentan nada más y nada menos que veinte propuestas para alcanzar un pacto educativo común a todos los partidos, de tal manera que las leyes de educación no cambien cuando lo haga el gobierno. A día de hoy, con seis años y dos leyes educativas de por medio, podemos concluir que no ha surtido el efecto deseado. Pero ¿por qué no?
Personalmente, considero que las propuestas no han llegado a buen puerto debido, ante todo, a un claro desinterés al respecto por parte del gobierno en general, sin entrar en materia de partidos políticos ni nada parecido. Esto mismo se denuncia en el propio Libro, donde se señala «la incuria y el desinterés de todas las administraciones por la formación del profesorado» (p. 39); crítica que en este caso concreto atañe a la propuesta de implantación de un curso de cualificación pedagógica, pero que perfectamente puede extrapolarse al resto.
Al hilo de este tema de la formación del profesorado no universitario que se plantea, podría discutirse si es o no adecuada. Y de acuerdo con la visión que se presenta en el Libro Blanco de la profesión docente..., no parece serlo; al contrario, el Libro señala que la educación española —según indicadores internacionales y nacionales— deja bastante que desear, que la tasa de abandono escolar es muy elevada, que las evaluaciones internacionales no nos dejan en buen lugar y un largo etcétera. Teniendo pues en cuenta que el profesorado es responsable —al menos en parte, ya que el aspecto social de la educación tampoco debe pasarse por alto— de estos resultados, es natural llegar a la conclusión de que su formación es ineficaz o insuficiente. Del mismo modo, el Libro también asegura que «la LOE convirtió los estudios de Magisterio en un título de grado, y creó un máster para la formación inicial de educación secundaria, sin que ninguna de las dos medidas haya conseguido, en general, mejorar la formación» (p. 39), y carga contra los constantes cambios que se han producido —y se producen— en torno a la formación docente. Finalmente, la afirmación de que el profesorado no sale bien formado cuenta con el respaldo de estudios como TEDS-M y TALIS —Estudio Internacional sobre la Formación Inicial en matemáticas de los maestros y Estudio Internacional de Enseñanza y Aprendizaje, respectivamente—, cuyos resultados critican la falta de formación práctica del profesorado en España.
No cabe duda de que este hecho representa un grave problema, ya que la calidad de la educación impartida está estrechamente relacionada con la calidad del profesorado —que depende de ella, sin ir más lejos—, de modo que si aspiramos a mejorar la educación de nuestro país, habría que empezar desde abajo. O desde arriba, según se mire. Desde los docentes, en cualquier caso. Así, se debería seleccionar a las personas más capacitadas para la docencia antes de comenzar con su formación, lo que nos lleva a la cuestión de cómo determinar qué personas lo son. ¿Qué opino yo? Que los criterios a tener en cuenta pueden reducirse a tres: expediente académico, capacidades comunicativas e interés por la profesión; es decir, tener conocimientos, querer enseñarlos y ser capaz hacerlo.
En fin, que la formación de los docentes es la clave para que conseguir su desempeño sea óptimo. Sin embargo, no es el único factor determinante, sino que hay otros, siendo la situación laboral el más significativo de ellos. Y no, no me refiero al salario —que también, por eso de que «salario mínimo, mínimo esfuerzo»—, sino a la condiciones de trabajo, algo que se pone de manifiesto en el propio Libro: «los profesores generalmente informan de la importancia de las buenas condiciones de trabajo en la toma de decisión de permanecer en la enseñanza» (p. 31). Parece de cajón, ¿no? Por mucha vocación que haya de por medio, la gente sigue huyendo de donde sienten malestar, así que conviene cuidar a los docentes antes de que dejen de esforzarse... o de que tiren la toalla, directamente.
Por ir concluyendo, me gustaría reservar estas últimas líneas para escribir acerca la propuesta que más me ha llamado la atención de las —recordemos— veinte que constan en el documento. En general, todas son interesantes: se refieren a la necesidad de transformar la escuela, al protagonismo de los docentes en dicha transformación, a la colaboración entre docentes y centro educativo, a las evaluaciones del sistema, a la importancia de la inspección como agente del cambio... a muchas cosas, vaya, Pero es la séptima propuesta la que ha despertado mi interés en mayor medida.
Esta propuesta plantea un modelo de selección y formación del profesorado al estilo del MIR; un MIR educativo, podría decirse. Jamás había oído hablar de nada parecido antes de leerla en el Libro, pero cuanto más reflexiono acerca de ella, más razonable me parece. En primer lugar, las prácticas serían más largas —con una duración de dos años— y estarían remuneradas, con lo que el docente contaría con mayor experiencia una vez se incorporara definitivamente al mercado de trabajo —puesto que contaría con un tutor asignado orientándole a lo largo de todo este tiempo— y habría recibido una retribución adecuada por el trabajo realizado. Además, según el Libro Blanco de la profesión docente…, «la movilidad es una pieza fundamental del modelo, y sería fomentada por un sistema de becas» (p. 64), lo que permitiría al profesorado en potencia viajar y conocer centros educativos de otras comunidades durante sus prácticas, algo que se traduce en más experiencias y más diversas. En definitiva, es un modelo que funciona —hasta donde yo tengo entendido— bastante bien en el campo de la Medicina, y me parece una medida que podría resultar interesante —y útil— en Educación también. Al fin y al cabo, los hospitales y las escuelas, la salud y la educación, tienen muchos aspectos en común.
De todos modos, como bien señala el propio Marina, este Libro no es más que una propuesta inicial —me remito al principio de mi propia entrada— que debe revisarse y debatirse, pues tampoco hay que olvidar que el documento se encargó justo antes de unas elecciones generales, con lo que no es probable que las propuestas acaben llegando a buen puerto. Podéis tacharme de pesimista, pero lo cierto es que no veo probable un acuerdo —ni mucho menos un pacto educativo— entre partidos políticos en un futuro cercano.
Hasta aquí por hoy, ¡un saludo!
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