VI. LAS FUNCIONES DOCENTES
¡Hola! En esta sexta entrada, las protagonistas son las doce funciones docentes que recoge el artículo 91 de la LOE —esta es la fuente, modificaciones de la LOMLOE incluidas—, así como una decimotercera que explica cómo el profesorado debe llevarlas a cabo.
El pasado 29 de septiembre se nos repartió una de estas funciones a cada alumno, y a mí me tocó la quinta —«e) La atención al desarrollo intelectual, afectivo, psicomotriz, social y moral del alumnado»—, de modo que esta es en la que me voy a centrar. En mi opinión, es la más importante de todas, sin desmerecer por ello el resto. Considero fundamental que los docentes sean conscientes de que están formando a personas: personas con inquietudes, dificultades, problemas... de los que hay que ocuparse. Además, en ciertos casos, también forman a personas para quienes aprender o aprobar es algo secundario; personas que ven la Educación Secundaria como lo que, por otra parte, no deja de ser: una obligación. Un trámite, incluso, previo a incorporarse al mercado laboral o a labrarse su propio futuro.
Por supuesto que es esencial adquirir conocimientos durante la etapa escolar, pero no por ello se puede obviar el valor que tiene el cuidado de los alumnos desde la escuela, entre cuyos objetivos se encuentran educarlos y prepararlos para su incorporación a la sociedad.
La importancia de esta quinta función docente se pone de manifiesto en un documental que vimos en clase: Un pulso al fracaso (2010), que muestra las historias personales de algunos de los alumnos de un centro madrileño de segundas oportunidades dirigido por la Fundación Tomillo. En este centro, en efecto, se prioriza el desarrollo personal por encima de cualquier contenido puramente académico; así, se trabaja con pequeñas victorias, como pueden ser la asistencia continuada a clase o la puntualidad.
El individuo es lo más importante, de tal manera que todas las actividades están encaminadas a conseguir que se sepan útiles y capaces, a que aprendan valores morales —lo que viene conociéndose comúnmente como «ser buenas personas»—, a que trabajen en equipo y a que descubran que no todo el mundo ha tirado la toalla con ellos. Considero que esta manera de orientar la educación es positiva, siempre y cuándo se haga desde el respeto y sin romantizar las situaciones que jóvenes en situaciones desfavorecidas, como pueden ser los protagonistas del documental, viven a diario: el lugar destacado deben ocuparlo los chavales a los que hay que ayudar, no los profesores que los ayudan, y me parece muy necesario recalcar esto último.
Los docentes son herramientas, instrumentos... medios, si lo preferís, que deben despojarse de todo afán de protagonismo cuando entran en un aula; sobre todo si el aula en cuestión la ocupan jóvenes al borde del fracaso escolar. No se trata de impartir un temario y quien aprenda, aprendió, sino de conceder al alumnado un espacio en el que puedan crecer y tener ganas de esforzarse en lugar de alimentar el desprecio que puedan sentir de antemano por los centros escolares. Y tampoco se trata de impactarlos y ocasionar un cambio radical y decisivo en sus respectivas vidas, sino de aportar un grano de arena a, efectivamente, su crecimiento personal, intelectual, afectivo, psicomotriz, social y moral. Por pequeño que sea.
Parece que esta puede ser la clave del éxito de la Fundación Tomillo, ¿no os parece? En cualquier caso, el documental es más largo que esta entrada, así que podéis echarle un ojo y juzgar vosotros mismos.
¡Un saludo! Nos leemos.
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